No he sabido nada de Zannah en meses. Creo que la última vez que me escribió fue en agosto y lo hizo reclamándome por mi falta de contacto. Tenía razón. Recibí una carta que no he sido capaz de contestar y que en este momento no recuerdo ni donde está. La carta era linda, sencilla, no muy larga y tenía un dulce perfume, apenas floral, que me recordó su cuello.
Fue en agosto que recibí su último e-mail. Según ella, el más largo que ha escrito en su vida. Es lindo recibir cartas y también e-mails, especialmente cuando estos son largos. Es todavía mejor cuando una persona que te importa, o que quieres se toma su tiempo para escribirte. Significa que está pensando en vos, eligiendo las palabras más adecuadas para llegar a tu mente o a tu corazón. Significa que le importas a esa persona. Sin embargo, muchísimas cosas pasaron entre Zannah y yo que resquebrajaron la comunicación. Hay muchísimas cosas que dejaron de pasar entre ella y yo que debilitaron el trato que nos teníamos.
Mucha gente cree que me enamoré de ella, capaz que ella también lo cree. Pero yo sé que no es verdad. La quise mucho y lloré cuando se marchó. Pero, ¡hey! también lloré con The Notebook y con El Rey León... Uno de mis defectos es que me quejo mucho, más de lo que me duele.
Uno de los mayores problemas que afrontamos fue que hubo demasiado presión y miradas incómodas sobre nosotros. Demasiado chisme y demasiada atención, demasiada gente metida dificultaron mucho nuestra relación. Hubo demasiadas opiniones que sobraron, sobran y sobrarán. La distancia entre dos puntos es la línea recta y había días en que las intersecciones incordiaban.
A mi contra, he de reconocer que se me atoraron el reloj y el calendario. Ambos me hicieron un nudo en la garganta. Odio tenerlos en contra. Sentía que me quedaba cada vez menos tiempo, y empecé a apresurar indebidamente las cosas.
Salimos juntos para celebrar el día de Sant Jordi. Era abril del 2006. La llevé a un pequeño, elegante y acogedor restaurante italiano. Me encantó su mirada, maravillada con cada pequeño detalle. Me encantó como había cuidado su vestido color café para aquella noche, sus pendientes, su cabello. Ella también había cuidado cada detalle. Estuvimos por horas de la mano y esa simple abstracción de todo el bullicio y chismorreo nos había sentado muy bien.

- Creo que te quiero…
Le dije impulsado por el vino, con un énfasis en el ‘creo’. Obviamente, ella lo entendió con el énfasis en el ‘te quiero’. Lost in translation, inevitablemente. Me había vuelto intenso muy pronto. Sin embargo, ahí no radicó el mayor problema, si bien, también se sembró una semilla que más bien hacía la función de piedra en el zapato. Era incómodo, pero en cierta forma le pareció lindo. Como dice Mario Benedetti, ‘a veces la soledad puede ser una hoguera’.
Sin embargo, de vuelta a la cotidianidad, lo primero que sentimos inmersos en la realidad del chismorreo fue la ebullición de los comentarios como si fuésemos los Beckham. ¿Pasaron bien? ¿Qué comieron? ¿A dónde fueron? ¿En qué quedaron? La verdad, hubiese contestado a todas sus preguntas con placer y educación, si todos ellos hubiesen contestado a mi pregunta, algo grosera, pero muy necesaria: ¿A ustedes qué les importa?
Hoy lo tengo más claro que nunca, si de algo hay que blindar una relación para que esta funcione, es del entorno. Sobre todo cuando uno viene de uno tan dramático, cuyas exageraciones tienden al mejor estilo rococó. ¿Es que todo debe ser una tragedia? ¿Una interminable lista de dimes y diretes, donde no hay espacio para hacer la vida de uno como mejor nos plazca?
Esa noche, como tantas otras con ella, fue especial porque supe convertirme en su mago personal. Hice aparecer rosas frescas entre mis dedos, la impresioné con imágenes de un futuro no muy lejano que parecían gustarle, también pude leer parte de su pasado, desde sus manos y desde sus pupilas. Son talentos que los tengo en el congelador, para cuando haga falta. Aún los mantengo intactos.
Tres días más tarde volvimos a hablar. No quería saber si tenía una respuesta formal, o si ella quería un status para estar a mi lado. Pero si le había ofrecido algo que no he vuelto a ofrecer desde entonces: exclusividad.
Zannah vino a mi vida en tiempos demasiado turbulentos. Me enfrentaba, por esa época a algunos temores grandes en mi vida. Había decidido dejar una vida que no era para mí. Dejar la práctica del derecho para siempre. Había decidido comprometerme con la práctica de las artes marciales, pese que aún había un miedo, a ratos innecesario, al dolor físico. Su sonrisa y presencia me daban paz, me ayudaban a armonizar mi vida que no estaba siendo precisamente armónica.
Esa noche que volvimos a vernos, ella se veía demasiado confundida como para haber tomado decisión alguna. Creo que fue la primera vez que la detesté. No por la decisión que tomó, sino porque debe haber sido la mujer dubitativa por excelencia que con más seguridad tomaba una decisión. O la mujer más segura de sí misma, que más dudaba al momento de elegir sobre mí. La detesté, pero menos que a nuestro entorno. Era una chiquilina y si la presión me podía, no veo porque a ella no le iba a poder. Creo que la detesté un poco más cuando le dije que no tenía sentido seguir hablando y que me quería marchar y ella me detuvo agarrándome del brazo. Con el cuerpo y el alma decía que si a lo que su mente y lengua decían que no. Es algo que las mujeres suelen hacer constantemente.
A la semana me reconoció que no podía dejar de pensar en mí. No me hizo sentirme ganador, pero si ‘empatador’, porque yo también estaba pensando en ella más de lo que quería.
Prometiendo no presionarla, prometiéndome liberarse de presiones y dejarse llevar, empezamos una pequeña fogata privada a la que nadie estaba invitado, pero el humo por más mínimo que sea, siempre atrae a los curiosos. Mis únicas intenciones era la de mantenernos a salvo y abrigados mientras pasaba el invierno. ¿Había mejor forma declaración de intenciones para iniciar una relación complicada?
Fue en agosto que recibí su último e-mail. Según ella, el más largo que ha escrito en su vida. Es lindo recibir cartas y también e-mails, especialmente cuando estos son largos. Es todavía mejor cuando una persona que te importa, o que quieres se toma su tiempo para escribirte. Significa que está pensando en vos, eligiendo las palabras más adecuadas para llegar a tu mente o a tu corazón. Significa que le importas a esa persona. Sin embargo, muchísimas cosas pasaron entre Zannah y yo que resquebrajaron la comunicación. Hay muchísimas cosas que dejaron de pasar entre ella y yo que debilitaron el trato que nos teníamos.Mucha gente cree que me enamoré de ella, capaz que ella también lo cree. Pero yo sé que no es verdad. La quise mucho y lloré cuando se marchó. Pero, ¡hey! también lloré con The Notebook y con El Rey León... Uno de mis defectos es que me quejo mucho, más de lo que me duele.
Uno de los mayores problemas que afrontamos fue que hubo demasiado presión y miradas incómodas sobre nosotros. Demasiado chisme y demasiada atención, demasiada gente metida dificultaron mucho nuestra relación. Hubo demasiadas opiniones que sobraron, sobran y sobrarán. La distancia entre dos puntos es la línea recta y había días en que las intersecciones incordiaban.
A mi contra, he de reconocer que se me atoraron el reloj y el calendario. Ambos me hicieron un nudo en la garganta. Odio tenerlos en contra. Sentía que me quedaba cada vez menos tiempo, y empecé a apresurar indebidamente las cosas.
Salimos juntos para celebrar el día de Sant Jordi. Era abril del 2006. La llevé a un pequeño, elegante y acogedor restaurante italiano. Me encantó su mirada, maravillada con cada pequeño detalle. Me encantó como había cuidado su vestido color café para aquella noche, sus pendientes, su cabello. Ella también había cuidado cada detalle. Estuvimos por horas de la mano y esa simple abstracción de todo el bullicio y chismorreo nos había sentado muy bien.

- Creo que te quiero…
Le dije impulsado por el vino, con un énfasis en el ‘creo’. Obviamente, ella lo entendió con el énfasis en el ‘te quiero’. Lost in translation, inevitablemente. Me había vuelto intenso muy pronto. Sin embargo, ahí no radicó el mayor problema, si bien, también se sembró una semilla que más bien hacía la función de piedra en el zapato. Era incómodo, pero en cierta forma le pareció lindo. Como dice Mario Benedetti, ‘a veces la soledad puede ser una hoguera’.
Sin embargo, de vuelta a la cotidianidad, lo primero que sentimos inmersos en la realidad del chismorreo fue la ebullición de los comentarios como si fuésemos los Beckham. ¿Pasaron bien? ¿Qué comieron? ¿A dónde fueron? ¿En qué quedaron? La verdad, hubiese contestado a todas sus preguntas con placer y educación, si todos ellos hubiesen contestado a mi pregunta, algo grosera, pero muy necesaria: ¿A ustedes qué les importa?
Hoy lo tengo más claro que nunca, si de algo hay que blindar una relación para que esta funcione, es del entorno. Sobre todo cuando uno viene de uno tan dramático, cuyas exageraciones tienden al mejor estilo rococó. ¿Es que todo debe ser una tragedia? ¿Una interminable lista de dimes y diretes, donde no hay espacio para hacer la vida de uno como mejor nos plazca?
Esa noche, como tantas otras con ella, fue especial porque supe convertirme en su mago personal. Hice aparecer rosas frescas entre mis dedos, la impresioné con imágenes de un futuro no muy lejano que parecían gustarle, también pude leer parte de su pasado, desde sus manos y desde sus pupilas. Son talentos que los tengo en el congelador, para cuando haga falta. Aún los mantengo intactos.
Tres días más tarde volvimos a hablar. No quería saber si tenía una respuesta formal, o si ella quería un status para estar a mi lado. Pero si le había ofrecido algo que no he vuelto a ofrecer desde entonces: exclusividad.
Zannah vino a mi vida en tiempos demasiado turbulentos. Me enfrentaba, por esa época a algunos temores grandes en mi vida. Había decidido dejar una vida que no era para mí. Dejar la práctica del derecho para siempre. Había decidido comprometerme con la práctica de las artes marciales, pese que aún había un miedo, a ratos innecesario, al dolor físico. Su sonrisa y presencia me daban paz, me ayudaban a armonizar mi vida que no estaba siendo precisamente armónica.
Esa noche que volvimos a vernos, ella se veía demasiado confundida como para haber tomado decisión alguna. Creo que fue la primera vez que la detesté. No por la decisión que tomó, sino porque debe haber sido la mujer dubitativa por excelencia que con más seguridad tomaba una decisión. O la mujer más segura de sí misma, que más dudaba al momento de elegir sobre mí. La detesté, pero menos que a nuestro entorno. Era una chiquilina y si la presión me podía, no veo porque a ella no le iba a poder. Creo que la detesté un poco más cuando le dije que no tenía sentido seguir hablando y que me quería marchar y ella me detuvo agarrándome del brazo. Con el cuerpo y el alma decía que si a lo que su mente y lengua decían que no. Es algo que las mujeres suelen hacer constantemente.
A la semana me reconoció que no podía dejar de pensar en mí. No me hizo sentirme ganador, pero si ‘empatador’, porque yo también estaba pensando en ella más de lo que quería.
Prometiendo no presionarla, prometiéndome liberarse de presiones y dejarse llevar, empezamos una pequeña fogata privada a la que nadie estaba invitado, pero el humo por más mínimo que sea, siempre atrae a los curiosos. Mis únicas intenciones era la de mantenernos a salvo y abrigados mientras pasaba el invierno. ¿Había mejor forma declaración de intenciones para iniciar una relación complicada?
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